Esperando esperó

Sabía de memoria cada microcentímetro de aquella flor de plástico que un poco marchita y un poco fresca (le había colocado gotas de silicona, para simular salpicada por el rocío de no se sabe que mañana) era lo único que tenía para fijar la mirada. Su garganta pedía a gritos algo para lubricarse, sus dedos se movían para no entumecerse. Un paquidérmico camión que pasó le hizo temblar, haciendo vibrar todo. Apretó fuerte lo que sobraba de mantel y luego lo soltó. Tragaba saliva y ese acto competía sonoramente con el tictac del reloj. Sus ojos siguieron fijos, y un travieso intento de viento jugueteo con los cabellos que le caían en la frente. Se sumaron con movimiento los pies, marcando ritmo, siguiendo geométricamente las uniones del piso, construyendo pequeños montículos con el polvo de las baldosas. La esperanza de volver a verlo era lo único que permaneció inalterable, pues su humanidad dio de bruces contra el suelo luego de la cuarta hora de mantenerse inanimado. Con alegría se dijo para sus adentros: -Está mejor así, desde aquí veo la rendija, ese espacio luminoso y rectangular que al opacarse me dirá que está cerca, que viene-. Mientras hablaba, se preparó para intentar reincorporarse, pues ya hacían dos años que repetía ese ritual. Le dijeron que eso era mágico y él creía, creía en la magia, creía en el regreso.

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