…Recién ahí, despertáme

I
No ves que no pude detenerme,
Todo se iba complicando cada vez más.
El remolino giró y todo cayó, tu collar, tu caballito de mar,
tus tijeras, la bombonera y
esa única sonrisa tuya de aquel martes.

II
El viejo lo había premeditado y no quise hacerle caso:
-“Todo lo construído sobre arena, se pierde”- me dijo…
Aunque yo creía al menos, en el barro.
El me tomó de las manos
y me metió el mensaje hasta por la nariz,
pues solo alcancé a taparme los ojos y la boca…
En el lado izquierdo del pecho había lugar.

III
Si, es ahí donde decidí dormir…
Dormir para no recordar
la profunda herida del tridente…
Para que quede al menos, el intento de una siguiente vez…
Para que pueda sudar en el dedo gordo del pie,
cada vez que un tímido rayo de sol se anime a soltarse
de las sombras del vecindario y caiga sobre mi pie…
Para que cuando escuche tu nombre mis oídos se autoprotejan
por alguna repentina coraza traslúcida y verde…
Para que cada tarde, cuando marquen 22 grados,
mis mejillas se derritan tratando de quedar lo más parecido
a una usada vela…
Para que te pida que me despiertes,
cuando te decidas a amanecer a mis espaldas,
cuando entiendas que “uno” no puede albergar un “menos uno”,
cuando tu imagen pueda ser capturada por mi espejo,
cuando solo tu boca no haga más que pronunciar
una única palabra: mi nombre… recién ahí, despertáme.

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